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Colombia hace respetar el hecho a mano, clásico

EL CALZADO ARTESANAL, UN TESORO

El cuero, bien utilizado, lo garantiza todo.



ORGULLO. Muchos piensan que zapatos chinos los no tienen rival, que como ellos, ninguno, y no es así: en volúmenes marcan la diferencia, pero en calidad, no; menos si se trata de calzado clásico o artesanal (hecho a mano), que aún no logran hacer a la perfección como en Colombia. Los chinos y asiáticos producen zapatos bonitos que llaman la atención de los compradores, pero cuando los consumidores introducen los pies en un calzado clásico colombiano, sienten el confort y como por arte de magia se inclinan por ellos. Hoy, Colombia es líder en calzado artesanal; el hecho a mano está conquistando un mercado que se tendrá que aprovechar al máximo, para apoderarse de los espacios que están dejando los italianos, que eran únicos en la fabricación de calzado clásico pero que ahora no producen cantidades como antes, la tecnología los absorbió por la escasez de trabajadores en esa clase de arte. Algo similar está pasando con los españoles, quienes están acudiendo a los guarnecedores y montadores colombianos, que viajan por temporadas, ganan sus euros y regresan, algunos porque no se adaptan, otros por el duro trajín o porque así como ganan tambien tienen que gastar, lo cual no es negocio. Alejarse de sus familias para ganar lo justo, no vale la pena, aunque no se puede desconocer que los euros valen mucho más que el peso y haciendo remesas se logra solucionar la parte económica familiar, pero es necesario sacrificar muchas cosas, se le escuchó a un operario del barrio Restrepo de Bogotá, quien voló ilusionado a territorio ibérico y después no dormía pensando en la hora de devolverse. Lo que sí puedo asegurar es que hoy Colombia tiene a sus pies el comercio del zapato clásico. Es de los pocos países que conserva la hechura de zapatos artesanales, a mano, y más porque se cuenta con el cuero de res. Eso marca la diferencia, comentó.

La industria del calzado de Colombia ha tenido un preocupante descenso, no hay suficientes pedidos, y lo del zapato clásico es un paliativo que no se ve, pero quienes se han centrado en esta línea, casi que silenciosamente, realizan la tarea con operarios exclusivos, no todos los trabajadores están dispuestos a utilizar herramientas tradicionales para darle la forma a la suela en crupon y al corte del cuero, apoyados con pequeña tecnología. El secreto del calzado clásico está en que para lograr la perfección son indispensables las manos… poco de máquinas. Lo difícil es encontrar obreros con ese perfil y si los hay, son veteranos a los que hay que consentir, comenzando por los salarios dignos, con todos los requisitos de Ley, al destajo… por lo que produzcan, con pagos atractivos, para que no estén cambiando de empresa tan rápido como lo suelen hacer. Un par de zapatos clásicos puede tener un costo de 250 mil pesos, en adelante, y poco se ven en los almacenes y tiendas, los hacen por encargo, desde uno y más pares. Las fábricas que los producen, en Bogotá, Cali, Bucaramanga, Cúcuta y Medellín, por lo general son muy celosas con sus marcas, para evitar que sean copiados. Manejan el mercado directamente con los comerciantes e individualmente, tanto a nivel local, como internacional. Centroamérica, Suramérica, Estados Unidos y Canadá son el destino final de los zapatos artesanales de Colombia, a través de intermediarios y de comercializadores que se encargan de distribuirlos y de venderlos al consumidor, al cual acostumbraron con un estilo que no es común en diseño, colores, materiales naturales, cuero, calidad y una envidiable suavidad… que encanta. Eso sí, se tiene que vender lo que es, nada de imitaciones, de remarcados. Debe ser un zapato original hecho con técnica e inteligencia. En eso, los colombianos son verdaderos artistas… maestros; su prestigio vale demasiado y lo cuidan como un tesoro. Según expertos, amigos y allegados al Periódico El Peletero, no es fácil tener cifras sobre las cantidades de zapatos clásicos que se fabrican en el país, es un secreto de quienes tienen empresas y talleres, en los que poco se escucha el ruido de los motores; si acaso el estornudo y la tos de unos robots humanos que, durante 8 o más horas, según la necesidad productiva, se dedican a plasmar conocimientos, fabricando lo que más les apasiona: calzado clásico o artesanal para el mundo.

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